¿Cómo romper el círculo de la tristeza? La clave está en moverse
Sentirse desanimado, apático o incluso frustrado puede parecer inevitable cuando se arrastran días -o semanas- de inactividad y pensamientos oscuros. Cuesta hacer cualquier cosa. Pero entender cómo funciona ese bloqueo emocional es el primer paso para desactivarlo. Y el movimiento, aunque parezca simple, puede ser una de las herramientas más poderosas para salir del bucle. No se trata de salir a correr una maratón, sino de entender por qué moverse -aunque sea poco- marca una diferencia.
El ciclo de la tristeza: cuando dejar de hacer cosas alimenta el malestar
Tristeza, desgana, pensamientos negativos. Cada uno alimenta al siguiente. Muchas personas dejan de hacer actividades que antes disfrutaban: ya no dan paseos, evitan ver a otras personas, posponen planes. Esa inactividad refuerza la sensación de vacío. La mente, mientras tanto, empieza a teñirlo todo de pesimismo: “no sirvo”, “nada tiene sentido”, “nunca voy a estar mejor”. Las emociones negativas se multiplican.
Este círculo —inactividad, pensamientos distorsionados y emociones dolorosas— se retroalimenta de forma constante. Sin herramientas ni conciencia, puede cronificarse. La buena noticia: salir de él es posible, y no hace falta empezar por la cabeza. A veces basta con mover el cuerpo.
Por qué la actividad física ayuda más de lo que crees
Cuando hablamos de hacer ejercicio, no hablamos de entrenamientos exigentes ni de fórmulas mágicas. Hablamos de cambiar hábitos sedentarios por pequeñas acciones. Subir escaleras en lugar de usar el ascensor. Caminar hasta el supermercado si está cerca. Salir al parque diez minutos después de comer.
Este tipo de actividad estimula la producción de neurotransmisores como la dopamina, la serotonina o las endorfinas, directamente relacionados con el placer y la regulación emocional. Según estudios recogidos por la Universidad de Harvard, el ejercicio físico regular puede ser tan eficaz como ciertos tratamientos farmacológicos en casos leves o moderados de depresión. No por lo que cambia en el cuerpo, sino por lo que genera en la mente: impulso, autoestima, claridad.
Además, al moverse, se activa una parte olvidada: la agencia personal. Sentirse capaz, aunque sea en algo pequeño, activa un circuito de motivación que va creciendo con cada pequeño paso.
Cómo empezar: menos metas, más realismo
La clave está en empezar por algo sencillo. Hacer una lista de la rutina semanal puede ayudar a detectar espacios de cambio. ¿Dónde estás siendo más sedentario? ¿Qué trayectos puedes hacer a pie? ¿Hay momentos del día en los que podrías moverte un poco más?
No es necesario planificarlo todo de golpe. Lo importante es generar movimiento y sostenerlo con constancia. Marcar objetivos realistas —como caminar dos veces por semana después de comer— permite que el cuerpo se adapte sin generar rechazo o frustración.
Puede que los primeros días cuesten. Es normal. Pero si el esfuerzo se dosifica y se acompaña de reconocimiento (escribir cómo te sentiste después, por ejemplo), es más probable que se mantenga.
Encuentra tu forma de moverte (y disfrútala)
No todo el mundo disfruta del mismo tipo de ejercicio. Hay quienes prefieren salir a caminar solos, y quienes necesitan el empujón de una clase o de compañía. Lo esencial es encontrar lo que funcione para ti.
Existen plataformas, centros comunitarios o redes sociales donde es posible encontrar actividades locales o incluso proponerlas. A veces no se trata de hacer más, sino de hacerlo acompañado o en un entorno que inspire. Otras veces, basta con salir un rato sin auriculares, en silencio, prestando atención a los pasos.
Y si una actividad no encaja, no pasa nada. La clave está en explorar, sin presión, hasta dar con lo que sume.
Reeducar la mente: del “no puedo” al “lo he conseguido”
Muchos pensamientos negativos aparecen justo antes de empezar a moverse. “No me apetece”, “mejor mañana”, “no tengo fuerzas”. Registrar estos pensamientos en un cuaderno antes de hacer ejercicio puede ayudar a tomar conciencia de ellos.
Después de moverte, escribe también cómo te sientes. La mayoría de las veces, las sensaciones cambian. Aparecen palabras como “alivio”, “orgullo”, “más energía”. Comparar ambos estados permite ver la distancia entre la anticipación y la realidad, y facilita que la próxima vez sea más fácil.
Este registro es más que un diario: es una herramienta para entrenar a la mente a recordar lo positivo, incluso cuando cuesta arrancar.
Una idea para recordar
Moverse no es una solución mágica, pero sí una decisión poderosa. Cada pequeño gesto cuenta. No necesitas hacerlo perfecto, solo empezar. Y recordarte, cada vez, que incluso en los días difíciles, el cuerpo puede abrir la puerta por donde empieza a salir la luz.
Si algo de lo que has leído te ha hecho pensar en tu propia rutina o en cómo afrontas los días más cuesta arriba, te invito a compartir tu reflexión en los comentarios. A veces, ponerlo en palabras ayuda a ver con más claridad. Y si crees que este artículo puede servirle a alguien cercano, no dudes en enviárselo: moverse puede ser difícil, pero empezar con una conversación también cuenta.