¿Cómo recuperar el control cuando lo perdemos?

¿Cómo recuperar el control cuando lo perdemos?

Recuperar las riendas: cómo dejar de sentir que la vida te arrastra

Hay días en los que sientes que todo te supera. Que por más que lo intentas, nada cambia. Que el peso de lo que te pasa —o lo que pasó— se impone con fuerza. Y sin darte cuenta, empiezas a vivir en piloto automático, repitiendo patrones que no entiendes del todo, atrapado en pensamientos que parecen inamovibles. ¿Te suena?

Esta sensación de estar a merced de las circunstancias no surge de la nada. A menudo está sostenida por historias que nos contamos, creencias que asumimos como verdades y aprendizajes emocionales que arrastramos desde hace mucho tiempo. Pero hay algo esencial que conviene recordar: aunque no siempre se puede cambiar lo que ocurre, sí podemos aprender a cambiar cómo lo afrontamos.

Por qué nos rendimos antes de tiempo

La historia de «El elefante encadenado», popularizada por el psiquiatra Jorge Bucay, resume de forma brillante cómo muchas personas terminan creyendo que no pueden cambiar su realidad. Un elefante que de pequeño no pudo soltarse de una estaca, deja de intentarlo incluso cuando ya tendría la fuerza de sobra para hacerlo. ¿Por qué? Porque aprendió, en algún momento, que no podía. Y no volvió a cuestionarlo.

Este tipo de condicionamientos no son exclusivos de los animales. En psicología se habla de “indefensión aprendida”, un concepto investigado por Martin Seligman, psicólogo y autor de referencia en psicología positiva. En uno de sus estudios, observó que algunos perros dejaban de intentar escapar de descargas eléctricas, incluso cuando después sí existía una salida. Habían aprendido que no había nada que pudieran hacer, y ese aprendizaje se mantenía, aunque la situación cambiara.

Aplicado a las personas, este fenómeno explica por qué a veces dejamos de intentarlo, aunque haya opciones. La desesperanza se instala como una especie de niebla mental que nubla el juicio y bloquea la acción.

El impacto de la indefensión: cuando el “no puedo” se convierte en hábito

La indefensión aprendida afecta a cómo pensamos, sentimos y actuamos. Nos hace desconfiar de nuestras capacidades, debilita la motivación y alimenta la sensación de fracaso. A nivel cotidiano, se traduce en frases como: “siempre me pasa lo mismo”, “da igual lo que haga, nada cambia” o “yo no valgo para esto”.

Esta actitud pasiva no es una elección consciente. Es el resultado de haber vivido situaciones que reforzaron la idea de que el esfuerzo no sirve para nada. Puede surgir en la infancia, en relaciones laborales o personales, o tras una serie de fracasos. Y el problema es que, al adoptar este enfoque, dejamos de tomar decisiones, y con ello, cedemos el control de nuestra vida.

Cómo romper el ciclo: volver a mirar con ojos nuevos

Todo lo que se aprende también puede desaprenderse. Lo primero es tomar conciencia: empezar a identificar esas “estacas mentales” que te hacen creer que no puedes. Pensamientos como “no soy capaz”, “esto siempre me pasa a mí” o “no tengo salida” no son realidades objetivas. Son construcciones internas que, por repetirse, terminan pareciendo ciertas.

Una forma útil de desmontarlas es mirar al pasado con perspectiva: pensar en momentos donde te sentiste sin salida y revisar cómo eras entonces, cómo afrontaste aquella situación y qué ha cambiado desde entonces. Muchas veces, descubrirás que hoy no actuarías igual. Que has crecido, aprendido, madurado. Y eso ya marca una diferencia.

Reconectar con esa evolución personal es el primer paso para recuperar la sensación de capacidad y volver a tomar decisiones desde un lugar más consciente.

Salir del rol de víctima: pequeños cambios, grandes aperturas

Cuando sentimos que todo va mal, es fácil instalarse en un rol de víctima: culpar a los demás, al contexto, al pasado o incluso al destino. Es una forma de protegernos del dolor, pero también una trampa. Porque nos deja sin poder de acción.

Recuperar las riendas no exige grandes revoluciones. A veces basta con cambiar un pequeño gesto: arreglarte para ti, llamar a alguien y escucharle con atención, volver a hacer algo que disfrutabas. Son acciones que pueden parecer insignificantes, pero que encienden una chispa interna: la sensación de que puedes mover una pieza, aunque sea pequeña. Y a partir de ahí, construir un movimiento mayor.

Lo que cambia cuando cambias

Cuando una persona empieza a reconectar con su capacidad de acción, también cambia su entorno. Al cuidarte, no solo te haces bien a ti: las personas que te quieren también lo notan. Tu energía, tu actitud y tu forma de estar repercuten. Por eso, transformar tu forma de responder a lo que vives no es solo un acto personal. Tiene un impacto que va más allá.

Y lo más importante: te devuelve el poder. Ese que quizá habías olvidado que tenías, pero que siempre estuvo ahí.

  • Escribe una situación en la que sentiste que no podías más. Revisa cómo la ves ahora.
  • Haz algo diferente esta semana, aunque parezca mínimo: rompe el patrón.
  • Formula esta pregunta cada vez que te sientas bloqueado: “¿Estoy atado a una estaca que ya no existe?”
  • Habla con alguien, pero no para contar tu problema: pregúntale cómo está y escucha de verdad.
  • Cuida un detalle de tu día que hayas descuidado: tu descanso, tu ropa, tu alimentación, lo que sea.

Si este artículo te ha hecho pensar en algo que llevabas tiempo evitando, quizá sea el momento de dar un paso. No hace falta cambiarlo todo. Solo moverte un poco. Porque a veces, basta con dejar de mirar la estaca y empezar a andar.

Compartir: