Por qué el estrés nos desborda… y cómo empezar a revertirlo
Cuando sentimos que no damos abasto, que todo urge y nada basta, el estrés se instala. No siempre con gritos ni temblores, sino en forma de insomnio, cansancio continuo o sensación de culpa por no llegar. No hace falta vivir una crisis para sentirnos desbordados: basta con sostener demasiadas exigencias sin espacio para respirar. Y muchas veces, lo que nos bloquea no es lo que ocurre fuera, sino cómo nos enfrentamos a ello.
En este artículo exploramos por qué algunas personas se sienten más sobrepasadas que otras, cómo identificar nuestras formas habituales de respuesta al estrés, y qué papel juegan las fortalezas personales a la hora de reducir su impacto. No vamos a prometerte una vida sin presión, pero sí una forma más amable y eficaz de relacionarte con ella.
¿Cómo responde cada persona al estrés?
No todas las personas viven el estrés de la misma manera. Algunas lo experimentan como una urgencia constante; otras, como una preocupación difusa. Esta diferencia no se explica solo por lo que ocurre fuera, sino también por cómo cada quien interpreta y enfrenta las demandas.
Una de las clasificaciones más conocidas diferencia entre dos estilos de personalidad frente al estrés: Tipo A y Tipo B. La investigación surgió en el ámbito médico, cuando un grupo de cardiólogos observó que quienes esperaban impacientes —sin parar de moverse en la sala de espera— tendían a presentar más problemas cardiacos que quienes aguardaban tranquilos. Así se empezaron a estudiar los perfiles:
- Tipo A: impacientes, competitivos, autoexigentes. Tienen más propensión a experimentar estrés elevado.
- Tipo B: tranquilos, relajados, tolerantes. Afrontan los desafíos con menor urgencia.
La mayoría de las personas no encajan en un solo tipo, sino que oscilan entre ambos. Pero reconocer dónde estamos puede ayudarnos a identificar patrones que nos perjudican… y modificarlos.
Lo que haces no define quién eres
Una de las trampas del estrés crónico es que acabamos creyendo que somos personas incapaces de cambiar. Que vivir acelerado es parte de nuestra identidad. Pero no es así.
Ir siempre con prisa, revisar el correo fuera de horario o no delegar tareas no son comportamientos genéticos. Son aprendizajes sostenidos en el tiempo. Y eso significa que pueden transformarse.
Reconocer esta diferencia —entre lo que haces y lo que eres— es clave para recuperar el margen de maniobra. No se trata de juzgarse, sino de hacerse preguntas útiles: ¿me gusta mi manera de actuar? ¿me ayuda a vivir como quiero? Si la respuesta es no, siempre hay posibilidad de ajustar.
Fortalezas personales: claves para afrontar el estrés
Frente al estrés, solemos enfocarnos en lo que nos falta. “No tengo paciencia”, “me falta constancia”, “soy demasiado blando”. Este tipo de discursos refuerza la sensación de impotencia. Pero hay una alternativa más útil: identificar lo que sí tenemos a favor.
Diversas investigaciones en psicología positiva muestran que conocer y usar nuestras fortalezas mejora el bienestar, la autoestima y la resiliencia. Cualidades como la curiosidad, la empatía, el autocontrol o el sentido del humor no solo son rasgos deseables: son recursos valiosos en contextos difíciles.
Por ejemplo, si una persona tiende a la curiosidad, podrá usarla para buscar información sobre cómo gestionar el estrés, explorar nuevas formas de organización o abrirse a enfoques distintos. Si alguien se reconoce como flexible, tendrá más facilidad para adaptarse a imprevistos.
Lo esencial es aprender a identificar esas fortalezas —incluso las más sutiles o infravaloradas— y empezar a aplicarlas con intención en situaciones cotidianas.
Aplicar lo que sabes de ti a lo que quieres lograr
Conocer tus fortalezas no es solo un ejercicio de autoestima. Es una herramienta estratégica para definir y alcanzar metas con menos tensión y mayor efectividad. No se trata de encajar en un modelo ideal, sino de encontrar tu manera de hacerlo posible.
Imagina que uno de tus objetivos es hacer más ejercicio, pero no te consideras una persona disciplinada. Si insistes en compararte con quienes siguen rutinas estrictas, es fácil que acabes frustrado. Pero si descubres que tu fortaleza es la creatividad o la flexibilidad, quizá puedas diseñar entrenamientos diferentes, integrarlos en tus horarios cambiantes o probar formatos alternativos que te motiven más.
Tus fortalezas no son compartimentos estancos. Lo que aplicas en tu vida personal puede ser útil en lo laboral, y viceversa. Reconocerlo abre posibilidades.
El cambio empieza con conciencia, no con perfección
La gestión del estrés no es un destino, sino un proceso continuo. Cambian las circunstancias, cambian las emociones, cambiamos nosotras y nosotros. Pero cuanto más claro tienes quién eres y qué herramientas tienes, más capacidad desarrollas para enfrentarte a lo que venga sin perder el equilibrio.
Aceptar tus límites, reconocer tus recursos y permitirte ajustar tus decisiones no es un signo de debilidad, sino de madurez emocional. No necesitas convertirte en otra persona para estar mejor. Solo necesitas aprender a usar lo que ya tienes de otra manera.
Consejos prácticos para empezar hoy
- Elige una de tus fortalezas y busca cómo aplicarla esta semana a una situación que te genere estrés.
- Haz una lista de tres decisiones recientes que aumentaron tu malestar… y tres que lo redujeron.
- Pregunta a una persona de confianza qué cualidades valora en ti que quizás tú no sueles ver.
- Revisa tu día a día: ¿qué pequeñas acciones podrías cambiar para reducir exigencias innecesarias?
- Recuerda que cada paso de conciencia ya es un avance, aunque sea pequeño.
Si algo de lo que has leído te ha hecho pensar en tu forma de gestionar el estrés o en las herramientas que tienes a tu favor, te invitamos a dejar tu reflexión en los comentarios. A veces, ponerlo en palabras ayuda a tomar conciencia y puede resonar también en otras personas. Y si crees que este artículo puede ser útil para alguien cercano, compartirlo puede marcar una diferencia.