Pero hay un matiz clave: mucho de ese malestar no es un trastorno. Estar triste, tener miedo o sentirse perdido no es malo; lo malo es quedarse en bucle sin herramientas psicológicas personalizadas para abordar los retos que, en algún momento, todas las personas tenemos que afrontar en la vida. Por eso la LOSU (Ley Orgánica 2/2023) reconoce el derecho del estudiante a ser atendido y obliga a las universidades a ofrecer apoyo. El reto es que no nos quedemos solo en “atender crisis”, sino en prevención y predicción real y personalizada. Si la metodología tradicional, basada en intervención reactiva, no funciona, ¿por qué tenemos miedo de abordarlo desde otras perspectivas?, según Rosa Becerril, Psicotecnóloga, CEO de Psiconnea, y experta en IA, psicología y emergencias.
Rosa Becerril es psicotecnóloga, CEO de Psiconnea y experta en IA Emocional, psicología y gestión de emergencias. Reconocida como Mujer Más Innovadora en Psicología por Acquisition International (2023) y líder de una de las 101 empresas con mayor impacto en España según el ranking TOP101 de ENISA y Foro ADR (2024), ha desarrollado un modelo de salud mental validado científicamente que convierte las emociones en datos para predecir patologías, prevenir riesgos y personalizar la salud emocional.
Bajo su liderazgo, Psiconnea ha acompañado a más de 80.000 personas, transformando los sectores sanitario, de defensa y del transporte, donde nació su vocación. Su enfoque sitúa al factor humano y la cultura positiva de seguridad en el centro, integrando inteligencia artificial ética, datos y ciencia psicológica para crear entornos más saludables, eficientes y resilientes. Su misión no es digitalizar procesos, sino transformar la forma en que se cuida, humanizando la tecnología para que esta sea una verdadera aliada de la salud y la seguridad.
¿Qué ha cambiado en la sociedad y en las universidades para que la salud mental del estudiantado pase a ser un tema esencial de la vida universitaria, e incluso se recoja su atención como una obligación en la Ley Orgánica del Sistema Universitario?
Han cambiado cosas de raíz y muchas empiezan fuera. Primero, nuestra generación adulta tiene responsabilidad: educar desde la culpa y la sobreprotección ha transmitido a muchos jóvenes la idea de que siempre hay derechos y pocas obligaciones, y eso ha dejado menos tolerancia a la frustración. Luego les señalamos como culpables, cuando en realidad son el resultado del modelo que hemos construido.
A eso se suma una ruptura de valores colectivos y un contexto brutalmente acelerado: comparación constante, presión por la perfección y vidas irreales en redes. Están construyendo su identidad viendo éxitos inmediatos sin ver el backstage, y el mensaje que les llega es: “no basta con ser bueno, hay que ser perfecto y rápido”. Es normal que aumente el malestar.
Y los datos lo confirman: en el estudio nacional del Ministerio de Universidades y CIBERSAM, cerca del 50% del estudiantado presenta síntomas moderados o graves de ansiedad o depresión, y aproximadamente 1 de cada 5 ha tenido ideación suicida. Con cifras así, el modelo tradicional reactivo —intervenir solo cuando el malestar ya se ha cronificado— no es escalable ni eficaz: llega cuando el universitario ya se ha roto. Y educar con una población emocionalmente rota, más que un reto, es un suicidio.
educar desde la culpa y la sobreprotección ha transmitido a muchos jóvenes la idea de que siempre hay derechos y pocas obligaciones, y eso ha dejado menos tolerancia a la frustración
Pero hay un matiz clave: mucho de ese malestar no es un trastorno. Estar triste, tener miedo o sentirse perdido no es malo; lo malo es quedarse en bucle sin herramientas psicológicas personalizadas para abordar los retos que, en algún momento, todas las personas tenemos que afrontar en la vida. Por eso la LOSU (Ley Orgánica 2/2023) reconoce el derecho del estudiante a ser atendido y obliga a las universidades a ofrecer apoyo. El reto es que no nos quedemos solo en “atender crisis”, sino en prevención y predicción real y personalizada. Si la metodología tradicional, basada en intervención reactiva, no funciona, ¿por qué tenemos miedo de abordarlo desde otras perspectivas?
Ahí entra la psicotecnología: innovación en salud emocional que permite llevar la psicología a muchas más personas, de forma personalizada y accesible, gracias a la tecnología y a una IA emocional ética. Con ella se pueden entrenar recursos psicológicos en el día a día, acompañar antes de que aparezca un colapso y, si surge una crisis, ofrecer herramientas para que cada persona pueda autogestionarse y mantener el control sobre su capacidad de superación. Además, contribuye a crear comunidades universitarias sanas, donde no se juzgue, se apoye y se genere bienestar.
Ha cambiado la sociedad que hemos creado, ha cambiado la forma en que los jóvenes se miran y se comparan, y por eso la universidad necesita dejar de llegar tarde y empezar a entrenar salud mental de verdad.
Ha cambiado la sociedad que hemos creado, ha cambiado la forma en que los jóvenes se miran y se comparan, y por eso la universidad necesita dejar de llegar tarde y empezar a entrenar salud mental de verdad
¿Cómo afectan temas como la movilidad nacional o internacional, ser estudiante de primera generación, compartir estudio y trabajo o las obligaciones familiares a la salud mental? ¿Están atendidas estas situaciones desde las universidades?
Yo no partiría de que esas realidades “dañan” la salud mental. Muchas pueden fortalecerla, si se viven con apoyo.
Trabajar y estudiar, por ejemplo, es admirable. Hay algo muy potente en ganarte el derecho a estar ahí: entender el valor del esfuerzo, saber lo que cuesta lo que estás consiguiendo, construir disciplina, autoestima real y orgullo sano. Eso te prepara para la vida mejor que mil discursos motivacionales. El problema no es trabajar: el problema es que nadie te acompañe mientras lo haces.
Con las obligaciones familiares pasa parecido. Sentirte parte del bienestar de tu familia, aportar sin romper roles sanos, cuidar y ser cuidado, da identidad, sentido y pertenencia. No te hace más débil: te hace más completo, porque no estás solo en tu historia.
Ser estudiante de primera generación también tiene un componente precioso: abrir camino. Más que una carga, es una oportunidad de transformación. Claro que hay presión, pero también propósito y una fuerza enorme que, bien acompañada, multiplica el crecimiento personal.
Y la movilidad, nacional o internacional, no es solo estrés: es expansión. Te obliga a descubrirte, a construir autonomía y a darte cuenta de lo capaz que eres fuera de tu zona segura. Puede ser una de las experiencias más formativas de la vida universitaria.
Entonces, ¿qué toca a las universidades? No tratar estas realidades como “riesgos”, sino como talento en construcción. Tienen que apoyar con becas, flexibilidad y acompañamiento preventivo, porque ahí están muchas de las personas que se están ganando el futuro con esfuerzo real: las próximas científicas, divulgadores, profesionales y líderes del mañana.
Ser estudiante de primera generación también tiene un componente precioso: abrir camino
Son muchos los que señalan que están cambiando y extendiéndose los conflictos interpersonales en el ámbito universitario ¿Son las universidades lugares seguros, libres de abusos?
No, no son espacios libres de abusos. Ojalá lo fueran, pero no lo son. En España, en un solo curso (2022-2023) se registraron 428 denuncias por acoso y discriminación en universidades, y además sabemos que la denuncia es la punta del iceberg. En Europa, encuestas grandes como UniSAFE muestran que la violencia de género y el acoso existen de forma estructural en el entorno universitario.
Pero para mí lo importante es lo que tú apuntas: si volvemos a poner el foco solo en la consecuencia, llegamos tarde otra vez. El debate no puede quedarse en “hay más conflictos” o “hay más denuncias”, porque eso es el síntoma. La pregunta de verdad es: ¿qué estamos haciendo como sistema para que haya relaciones cada vez más frágiles, más polarizadas y con menos habilidades de convivencia?
La universidad es un espejo de la sociedad. Traemos una cultura de hiperindividualismo, comparación constante, baja tolerancia a la frustración y mucho ruido emocional en redes, y eso entra al campus sin filtros. Si no entrenas convivencia, respeto, gestión del conflicto y límites sanos, el conflicto no desaparece: escala. Y entonces sí, aparecen el acoso, las dinámicas de poder tóxicas, el silencio y el miedo a denunciar.
¿Las universidades están actuando? Sí, pero sobre todo desde la reacción. Casi todas tienen protocolos y canales de denuncia, y eso es necesario. El problema es que el protocolo llega cuando ya ha pasado el daño. Y con la magnitud actual, eso no basta.
El salto pendiente es el mismo de siempre: prevención real y cultura de cuidado. Y aquí entra la psicotecnología: usar psicología + tecnología + IA emocional ética para entrenar competencias relacionales y emocionales desde el primer día, detectar señales tempranas de riesgo, acompañar a quien se siente vulnerable y construir comunidades universitarias donde haya apoyo, no juicio; pertenencia, no miedo.
En resumen: no, no son espacios libres de abusos. Y la solución no es solo tener protocolos para cuando explota todo, sino crear universidades que formen también en convivencia y salud relacional, porque si no prevenimos, seguiremos parcheando consecuencias.
En España, en un solo curso (2022-2023) se registraron 428 denuncias por acoso y discriminación en universidades… La pregunta de verdad es: ¿qué estamos haciendo como sistema para que haya relaciones cada vez más frágiles, más polarizadas y con menos habilidades de convivencia?
¿Cuáles son los principales tipos de problemas de salud mental que afectan al estudiantado universitario?
En la universidad lo que más vemos no son diagnósticos de entrada, sino formas de malestar que, si no se trabajan, pueden cronificarse. Las más frecuentes son:
- Ansiedad: preocupación constante, tensión, miedo a fallar, bloqueos en exámenes o situaciones sociales.
- Tristeza persistente y apatía: baja energía, desmotivación, vacío, desconexión con lo que antes tenía sentido.
- Estrés académico y agotamiento emocional: sensación de no llegar, autoexigencia, irritabilidad, mente saturada.
- Problemas de sueño: insomnio, sueño poco reparador, ritmos caóticos.
- Dificultades con la comida y la imagen corporal: restricción, atracones, culpa, obsesión con el cuerpo.
- Consumo como forma de regularse o escapar: alcohol, fármacos u otras sustancias para calmar, dormir o “desconectar”.
- Autolesiones e ideas de muerte: menos frecuente, pero lo más grave, cuando el dolor se vive sin salida.
Y aquí el matiz esencial: mucho de esto empieza como malestar humano, no como trastorno mental. Estar triste, tener miedo o sentirse perdido no es malo; lo malo es quedarse atascado en bucle sin herramientas.
Por eso la solución no puede ser solo intervenir tarde. Tiene que ser un cambio de modelo:
● Prevención real y continua dentro de la vida universitaria, no charlas sueltas. Entrenar habilidades psicológicas para el día a día: regulación emocional, tolerancia a la frustración, resiliencia, asertividad, autoconocimiento, manejo del estrés, hábitos de sueño.
● Acompañamiento personalizado, porque no todos los estudiantes viven lo mismo ni necesitan lo mismo.
● Detección temprana y predicción ética, para apoyar antes de que haya colapso. Aquí la psicotecnología y la IA emocional ética son clave: permiten identificar señales de riesgo, ofrecer entrenamientos adaptados y acompañar de forma constante.
● Autogestión durante la crisis: dar herramientas para que, si llega un momento difícil, el estudiante pueda regularse, recuperar control y salir reforzado, en vez de sentirse a merced del síntoma.
● Comunidad universitaria sana: espacios donde no se juzgue, se apoye y se genere pertenencia. La salud mental también se protege en lo colectivo.
El problema principal no es que haya malestar; es que seguimos respondiendo cuando ya se ha roto la persona. La solución es enseñar salud mental, entrenarla y acompañarla antes, durante y después, para que nadie tenga que enfermar para recibir apoyo.
El problema principal no es que haya malestar; es que seguimos respondiendo cuando ya se ha roto la persona. La solución es enseñar salud mental, entrenarla y acompañarla antes, durante y después, para que nadie tenga que enfermar para recibir apoyo
¿Qué añade estudiar en la universidad de manera diferencial para la salud mental de una persona?
Estudiar en la universidad añade una experiencia psicológica muy particular. No te hace mejor persona, pero sí te mete en un proceso de crecimiento que no se vive igual en otros sitios.
Primero, pone a prueba la autoestima de una forma muy real. El estudiante que llega a la universidad se enfrenta a lo desconocido, al miedo de no ser capaz, a tener que demostrar(se) que puede sacarlo adelante mientras la vida sigue trayendo otros retos. Solo decidir estar ahí ya habla de ilusión y valentía.
Segundo, la universidad te obliga a aprender a sostener la frustración. Mucha gente empieza la carrera con una idea idealizada y se encuentra otra cosa: asignaturas que no encajan con lo esperado, notas que no salen, exigencias nuevas. Y eso no es malo: es entrenamiento emocional puro. Te enseña a reajustar expectativas, insistir, y entender que no todo sale a la primera. Esa habilidad se queda para siempre.
Y tercero, es una experiencia de apertura mental y vital. Sales de tu zona de confort, cambias de entorno, conoces personas muy distintas, otras culturas, otras realidades. Te obliga a mirarte, a cuestionarte y a construir identidad adulta. No es solo estudiar: es aprender a vivir en un mundo más grande.
Por eso, cuando terminas, la universidad se queda como una vivencia para toda la vida. Quien la ha vivido suele llevarse recuerdos y aprendizajes que marcan. Y quien no ha pasado por ahí, muchas veces se queda con la duda de “qué habría sido”. No porque sea peor no ir, sino porque es una experiencia difícil de replicar igual.
Estudiar en la universidad añade una experiencia psicológica muy particular. No te hace mejor persona, pero sí te mete en un proceso de crecimiento que no se vive igual en otros sitios
¿Cuáles son las principales estrategias y competencias que el profesorado debería desarrollar para crear entornos universitarios saludables y resilientes?
Yo diría que hay tres grandes bloques, muy claros.
Primero, alfabetización en salud mental sin salir del rol docente. El profesorado no tiene que ser terapeuta, pero sí saber leer señales tempranas de malestar, escuchar sin juzgar, y derivar a tiempo. Eso ya previene muchísima cronificación.
Segundo, didáctica preventiva. Es decir, enseñar de forma que no genere daño innecesario: objetivos claros, criterios transparentes, evaluación escalonada, feedback útil y un aula donde se pueda preguntar y equivocarse sin miedo. La inseguridad académica es gasolina para la ansiedad, y muchas veces se puede reducir con buena docencia.
Y tercero, competencia relacional y comunitaria. Crear clima de respeto real, poner límites a dinámicas de humillación o abuso, enseñar a convivir con el conflicto y fomentar apoyo entre iguales. La salud mental no solo se protege en lo individual; se protege en la cultura del aula.
Si lo resumo en una frase: el profesorado debería pasar de “solo transmitir contenido” a entrenar también condiciones psicológicas para aprender: seguridad, pertenencia, recursos emocionales y prevención. Porque un campus resiliente no se construye con protocolos cuando ya hay crisis, sino con aulas que cuidan todos los días.
El profesorado debería pasar de “solo transmitir contenido” a entrenar también condiciones psicológicas para aprender
Y por eso es clave entender que no solo hay que entrenar al estudiantado, también al profesorado y a los equipos universitarios. Porque antes de ser profesionales son personas, y si una persona está desbordada, cansada o quemada, eso se nota en el aula aunque no quiera.
Un entorno universitario saludable no se construye solo con herramientas para estudiantes; se construye con docentes acompañados, formados y cuidados. Si queremos resiliencia real en la universidad, tiene que ser un sistema que cuide a quienes enseñan, igual que a quienes aprenden.
¿Cómo afecta la polarización social y pérdida de convivialidad a la salud mental?
La polarización actúa como un amplificador emocional: alimenta la rabia y el enfado, y nos empuja a funcionar desde el “o estás conmigo o eres el enemigo”. Cuando entras ahí, se apaga el pensamiento crítico porque ya no buscas entender, buscas ganar o protegerte.
Además, genera comportamientos de manada. Mucha gente se pega al grupo por necesidad de pertenecer, por miedo a quedarse fuera, y empieza a repetir ideas sin pensarlas del todo. No siempre por convicción, sino por seguridad. Y eso crea otro problema: la gente deja de pensar en voz alta, se autocensura, teme ser atacada si duda o matiza. Vivir así, con miedo a expresar o a cuestionar, tiene un coste emocional y psicológico muy alto.
Y cuando se pierde la convivialidad —los espacios donde se puede convivir con diferencias sin guerra— se rompe algo esencial: la red. Sin red, sube la soledad, baja la confianza y aparece esa sensación de alerta constante. Al final no solo discutimos más; nos sentimos peor y más vulnerables, porque una sociedad polarizada no une, sino que desune y bloquea su propio crecimiento.
La polarización actúa como un amplificador emocional: alimenta la rabia y el enfado, y nos empuja a funcionar desde el “o estás conmigo o eres el enemigo”. Cuando entras ahí, se apaga el pensamiento crítico porque ya no buscas entender, buscas ganar o protegerte
¿Qué papel juega o podría jugar la tecnología en el cuidado de la salud mental del estudiantado en las universidades?
La tecnología, desde una perspectiva de psicotecnología —es decir, desarrollar IA emocional ética combinada con psicología y datos para diseñar soluciones validadas científicamente a nivel mundial, capaces de abordar de forma eficaz y eficiente la epidemia de trastornos mentales desde un enfoque preventivo, personalizado y predictivo— tiene hoy un papel decisivo en el cuidado de la salud mental universitaria, porque permite llevar la evidencia psicológica a sistemas digitales escalables, éticos y realmente transformadores.
En primer lugar, facilita el cambio de paradigma: pasar de un modelo reactivo a uno preventivo y predictivo. Tradicionalmente, la universidad interviene cuando el malestar ya se ha cronificado. La psicotecnología permite actuar antes, identificando señales tempranas de riesgo y ofreciendo entrenamiento psicológico continuo dentro de la rutina académica, no solo como un recurso de emergencia.
En segundo lugar, aporta personalización real. Con IA emocional ética y modelos basados en evidencia, podemos adaptar la atención y el entrenamiento al perfil y al momento vital de cada estudiante. Esto significa que no se ofrecen “recetas generales”, sino itinerarios ajustados a necesidades particulares: regulación emocional, tolerancia a la frustración, afrontamiento del estrés, habilidades sociales, hábitos de sueño, construcción de autoestima, etc. La clave es empoderar, no etiquetar.
En tercer lugar, mejora la accesibilidad y la continuidad terapéutica. Las soluciones psicotecnológicas permiten acompañamiento 24/7 con microintervenciones, ejercicios guiados, recordatorios inteligentes y rutas claras de derivación a profesionales cuando se detecta mayor riesgo. Así, el estudiante no queda solo ni fuera del sistema por falta de tiempo, vergüenza o distancia.
Y, por último, permite trabajar un factor protector esencial: la comunidad. Plataformas bien diseñadas crean espacios seguros de apoyo entre iguales, moderados profesionalmente, donde se reduce el juicio, aumenta la pertenencia y se promueve el bienestar colectivo. La salud mental universitaria no es solo individual; es también relacional y cultural.
Todo esto solo funciona si se sostiene sobre un marco estricto: consentimiento informado, privacidad, transparencia, no vigilancia, no medicalización del malestar normal y supervisión profesional. Con esas garantías, la psicotecnología no es un “extra digital”: es una de las vías más sólidas —presente y futuro— para cuidar la salud mental en los campus de forma preventiva, personalizada, escalable, ética y sostenible.
Consentimiento informado, privacidad, transparencia, no vigilancia, no medicalización del malestar normal y supervisión profesional
En el caso de los estudiantes en línea, ¿qué cuidados adicionales demandarían?
En el caso del estudiantado en línea, los cuidados adicionales tienen que ver con tres retos típicos del entorno digital: más aislamiento, más fatiga por pantalla y menos señales visibles de malestar. Por eso la universidad debería reforzar:
- Pausas y autocuidado pautado.
En remoto es fácil encadenar horas sin descanso real. Hay que entrenar rutinas de pausa cognitiva y visual, higiene del sueño y límites de pantalla. Esto es prevención básica: si no se cuida el cuerpo, la mente cae detrás.
- Socialización intencional online y offline.
Sin pasillos ni vida de campus, la pertenencia no surge sola. Hay que crearla: grupos de estudio, mentorías entre iguales, espacios informales online, y quedadas presenciales cuando sea viable. La conexión social es un protector directo de la salud mental.
- Prevención personalizada y seguimiento continuo.
En online se pierde antes el ritmo sin que nadie lo note. Se necesitan microtutorías frecuentes, check-ins breves y herramientas psicotecnológicas que permitan personalizar el acompañamiento según momento vital, carga académica y señales tempranas de riesgo.
- Predicción ética del estado emocional, tanto del alumnado como del profesorado.
Con IA emocional ética y datos bien tratados, se puede detectar de forma temprana quién está entrando en bucle de ansiedad, apatía o agotamiento, y activar apoyo antes del colapso. Es una forma de cuidado inteligente y cercano: usar la tecnología para acompañar mejor y más rápido. Y es igual de importante aplicarlo al profesorado, porque si quien enseña está desbordado, el sistema entero se resiente.
- Comunidad digital segura y cuidada.
El campus virtual no puede ser solo una plataforma académica; debe ser también un espacio de comunidad. Incluir entornos moderados donde el alumnado pueda compartir experiencias, apoyarse, poner en palabras lo que vive y sentirse acompañado sin miedo al juicio. Ahí nace el sentido de pertenencia y se fortalece la resiliencia colectiva.
La clave es que la formación online no funcione como “cada uno en su casa y ya”, sino como un ecosistema con pausas, vínculo, prevención personalizada y detección temprana para estudiantes y profesionales. Así el entorno digital se vuelve flexible sin ser solitario, y exigente sin ser desgastante.
En el caso del estudiantado en línea, los cuidados adicionales tienen que ver con tres retos típicos del entorno digital: más aislamiento, más fatiga por pantalla y menos señales visibles de malestar
¿Cómo puede afectar la generalización del uso de la IA a la salud mental del estudiantado?
La generalización del uso de la IA, bien orientada, abre una nueva era de cuidado para la salud mental del estudiantado. No hablamos solo de una herramienta académica, sino de una infraestructura que permite cuidar mejor, antes y de forma personalizada.
Primero, la IA hace posible pasar de intervenir tarde a prevenir de verdad. Si tenemos sistemas capaces de detectar señales tempranas de ansiedad, apatía o agotamiento, podemos acompañar antes de que el malestar se convierta en un problema mayor. Eso cambia muchas trayectorias universitarias, evitando el abandono por parte del estudiantado y ofreciendo mayor empoderamiento al profesorado, que podrá apoyar mejor a su alumnado.
Segundo, permite seguimiento y apoyo personalizado. Cada estudiante vive una realidad distinta; la IA, combinada con psicología y datos, ayuda a adaptar el acompañamiento a necesidades concretas: regulación emocional, tolerancia a la frustración, hábitos de sueño, autoestima, habilidades sociales… según el momento vital de cada persona. Es cuidado ajustado, no “café para todos”.
Tercero, mejora la accesibilidad y continuidad. Hay personas que no piden ayuda por falta de tiempo, vergüenza o porque no saben por dónde empezar. La IA puede ofrecer recursos disponibles en cualquier momento y rutas claras de derivación cuando haga falta, reduciendo barreras.
Y cuarto, bien diseñada, la IA empodera: no sustituye la capacidad del estudiante, la entrena. Le devuelve control sobre lo que siente y sobre cómo se recupera, incluso en crisis.
Ahora bien, para que esto sea verdad, hay que usarla bien. Si se usa mal, puede pasar lo contrario:
● Dependencia: que el estudiante deje de confiar en sus propias capacidades porque todo lo delega.
● Perfeccionismo y presión: sentir que hay que rendir al máximo todo el tiempo “porque la IA lo hace mejor y más rápido”.
● Autodiagnóstico o malestar mal interpretado si se usa sin criterios psicológicos ni supervisión profesional.
● Más desconexión si la IA reemplaza la relación humana en lugar de reforzarla.
Por eso la clave es el modelo: IA emocional ética, con consentimiento, privacidad, transparencia y objetivos preventivos y predictivos. Si se hace así, la IA no deshumaniza la universidad; la vuelve más humana, porque permite cuidar antes, mejor y a escala, sin esperar a que nadie se rompa para ayudarle, construyendo líderes del mañana no solo formados, sino emocionalmente estables y preparados para abordar los retos a los que tendrán que hacer frente.